lunes, 24 de agosto de 2009

La Conquistada


Cuando ella me hablaba de las relaciones intergalácticas, yo no sabía a qué parte del cuerpo se refería. Se tomaba las muñecas. Y las fregaba contra mis pies. En esos momentos no sabía qué hacer. Hoy las mariposas se han volado de sus ojos, ya no canta en los vacíos de mi vida, porque no la encuentro.

La he buscado, no crean que no. En los autobuses, en los supermercados, en cada uno de los restaurantes de comida china. Pero ella ya no está. Algo como un monstruo marino, por ejemplo, pudo haber hecho ese trabajo. Especialmente conociendo su gusto por el ritmo y la soledad de las rocas en la playa.

Me quería, lo sé. Podía verlo en sus movimientos de cadera. Pero nunca me lo dijo. En todo caso, no me arrepiento de no haber cruzado palabra alguna con ella. Sabíamos que estábamos humanamente capacitados para hablar el mismo idioma, sin embargo, preferíamos (o sólo se fue dando) hablar otro.

Siempre que me siento a escuchar el ruido de la calle, de los autos, de la gente, de los niños, de sus madres, de los jóvenes, siempre me acuerdo de cuando nos subimos al puente en medio de la estación de metro. Ahí estábamos los dos, mirando hacia la nada, queriendo que el sol fuera eterno.

Nuestra vida estuvo llena de playas doradas y ciudades plateadas. Y así fuimos construyendo un mundo. Hacíamos collares y los vendíamos en la feria artesanal. Sonreíamos cuando alguien se interesaba en alguno, pero no podíamos hablar con la voz, así que teníamos los precios escritos en un cuaderno.

Ya no cantó nunca más en mi oído, esos susurros de gato y de pájaro. Aunque la ciudad la llama, tal vez vuelva, tal vez se quede donde está.

1 comentario:

Israel Macedo dijo...

La parte de los idiomas es genial.
Buen texto. Que estés bien, saludos desde México